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CIUDAD REAL, ESPAÑA - DEL 15 AL 20 DE OCTUBRE DE 2018

NOTICIAS

Huyendo de los muertos vivientes a la carrera por La Atalaya

16.10.2016

Hemoglozine

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Decenas de corredores participan en la Survival Zombie Run organizada por WRG dentro de las actividades paralelas del Festival Hemoglozine

Sábado 15 de octubre, parque Forestal de la Atalaya, mediodía: un nutrido grupo de gente se apelotona junto al aparcamiento, ya sea para hacerse maquillar como muertos vivientes o para tomar el pañuelo que les acredita como participantes en la carrera que va a dar comienzo una hora más tarde. Esto no es un juego de supervivencia convencional, como los que la empresa World Real Games (WRG) ha desarrollado en la capital y otras poblaciones de la provincia en ocasiones previas, aunque tiene en común la presencia de una amenaza (la de los zombis, como la mayoría de veces) y la existencia de pruebas para desafiar el temple físico y mental de los participantes: es la primera de las actividades paralelas que se celebran en el marco del Festival de Cine Fantástico y de Terror de Ciudad Real, Hemoglozine, y que toma la forma de un híbrido entre juego de supervivencia y carrera campo a través. Es la Survival Zombie Run.

La carrera va a llevar a los  jugadores por cinco kilómetros de circuito  abrupto, sinuoso y de terreno muchas veces irregular; todo un desafío por sí mismo, cuya dificultad se ve multiplicada por la presencia de los no-muertos y por las diversas pruebas que las mentes brillantes y retorcidas de WRG han ideado. Si los jugadores temen la agotadora prueba que les espera, no lo demuestran; mejor dicho, sólo parece preocuparles la presencia de los muertos andantes, que no se caen de su conversación por mucho que hablen. ¿No piensan en lo fatigosa que va a ser la carrera, o prefieren no pensarlo? ¿O quizás es que no les importa? Desde luego, no temen tanto al cansancio como para echarse atrás: han venido a jugar duro, y ninguno se queda sin recoger su pañuelo.

Los minutos pasan, mientras desde los altavoces instalados por WRG suena una colección de éxitos musicales de nuevo cuño, y los organizadores de Hemoglozine emiten periódicos avisos dirigidos a supervivientes y zombis para que vayan a sus puestos cuando llegue el momento. Los primeros forman grupos, debaten estrategias a seguir durante la carrera, o rememoran glorias pasadas en juegos de supervivencia anteriores. Los hay que comparan la prueba con la Survival Zombie del pasado año, que tuvo lugar a lo largo y ancho de la capital; la de hoy se presenta como una prueba más compacta, con un circuito más dirigido, pero también más duro, y no sólo por la superficie a recorrer. Aquí no puede uno apartarse a un lado, buscar un escondite y reposar: hay un trazado, y hay que seguirlo o caer.

Se acerca la una de la tarde, y la primera tanda de supervivientes se agolpa ante la línea de salida. Todos ellos, por el hecho de atreverse con la versión más dura de la prueba, optarán a un premio en forma de almohada de la Survival Zombie, dibujada por Enrique Vega, y un juego de mesa editado por World Real Games. Diez minutos después, los demás participantes entrarán a la prueba también, afrontando la prueba en su versión más tratable. Ni los unos ni los otros encontrarán motivo para quejarse del desafío por carencia de dificultad: desde el momento en el que dos soldados les explican las reglas y abren el camino para que empiecen a correr, no hay espacio para la tregua, porque al tiempo que lo hacen también sueltan al primero de los muertos andantes para que corra tras ellos.

Las reglas son sencillas: nada de placar a los zombis, y llevar los pañuelos naranjas  en la cabeza y sueltos. Si los zombis te quitan el pañuelo o te tocan, estás infectado, y tu única salvación reside en encontrar uno de los viales de antídoto que (dicen los soldados) están desperdigados por el camino. El terreno es a ratos asfaltado, pero la mayor parte del tiempo los corredores pisan tierra, gravilla, o suelo pedregoso e irregular, y tienen que decidir entre apretar el paso o pisar con cuidado para no caerse: una decisión todavía más complicada cuando afrontan una cuesta y tienen a un zombi pisándoles los talones.

La primera de las pruebas es también una de las que más vidas se cobra: dos zanjas cubiertas por rejas, llenas de agua, por las que hay que introducirse y pasar a cuatro patas. Los que no son capaces de agacharse lo suficiente y mancharse de barro pagan cara su aversión a ensuciarse, pues los dos muertos andantes que allí acechan aprovechan los huecos de la reja para arrebatarles sus pañuelos y dictar así su sentencia de muerte a cámara lenta. En la lucha por sobrevivir no hay espacio para la pulcritud; tampoco para los apelotonamientos que se producen en el estrecho paso de las zanjas, y que permiten a los cadáveres andantes inferctar a todavía más víctimas.

El circuito fluye ante los supervivientes que corren, y por delante de sus ojos  desfilan estampas de horror que ponen a prueba su voluntad y su físico: grupos de varios zombis, infectados que suplican ayuda pese a estar condenados, dos adorables niños zombificados que disfrutan de lo lindo gruñendo a sus potenciales víctimas, cuestas ascendentes o descendentes de gran pendiente,  tramos que zigzaguean entre árboles, coches abandonados en barricada que hay que atravesar por dentro y por fuera. Y de fondo o pisando los talones al grupo de corredores, la amenaza zombi, siempre presente. Hacia la segunda mitad de la carrera, los participantes marchan al paso todo lo que pueden, pero tarde o temprano uno de los muertos andantes echa a correr y les obliga a aumentar el ritmo.

Un punto de control gestionado por los soldados obliga a los supervivientes a sumar pruebas físicas de recluta al cúmulo de dificultades a afrontar en la carrera: cinco vueltas sobre sí mismos, saltar metiendo los pies entre neumáticos, y cinco flexiones, para luego continuar corriendo. Unos cientos de metros más adelante, tras una subida infernal y una bajada no menos complicada, por fin se vislumbra la meta; tan sólo hay que sortear a la media docena de no-muertos que se tambalean frente a ella. Para ese punto del circuito, la inmensa mayoría puede pasar entre ellos sin peligro: después de todo, ya han sido infectados en algún otro punto del circuito, así que ¿para qué intentar atacarles? Los pocos que se han conservado sanos hasta entonces sí que tienen un problema: el cansancio acumulado de los casi cinco kilómetros previos juega en su contra, y algunos no consiguen driblar con la suficiente rapidez a la última horda.

Infectados o no, los que cruzan la meta pueden aliviar la sed de la carrera con un botellín de agua, y luego pasar por la barra gestionada por los organizadores de Hemoglozine para hacer valer el tique de almuerzo que se les ha proporcionado a todos antes de comenzar la prueba: un plato de migas y una bebida a su elección recompensan el esfuerzo que acaban de hacer. Corredores y zombis, acabada ya la carrera, comparten la comida y confraternizan, hermanados en la diversión y el esfuerzo que han vivido juntos aunque desde lados opuestos, y celebran con gran algarabía la posterior entrega de premios a los participantes más destacados de la primera manga de la prueba.

Cuando cae la tarde sobre La Atalaya, algunos eligen volver a su casa conduciendo su propio vehículo, y otros lo hacen como pasajeros del de algún amigo o familiar. Algún que otro insensato, no habiendo tenido bastante con los cinco kilómetros de dulce infierno zombi, elige regresar a la ciudad a pie. En la cabeza de no pocos está la determinación de reengancharse a la próxima ocasión que se celebre la Survival Zombie Run; en la mente de todos está la semana de proyecciones y actividades que Hemoglozine les va a hacer disfrutar a partir de esta próxima semana.

Crónica realizada por:

Pablo Saiz de Quevedo.Comunicación Hemoglozine, Corredor y carne de zombie en ratos libres

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